lunes, 18 de junio de 2007

Y vivieron felices para siempre.

¿Qué le sucedió a nuestros sueños infantiles?

Cuando yo era niña los cuentos de hadas justamente terminaban cuando la princesa era besada por el príncipe, quien obviamente había luchado contra dragones, fuego, brujas malas bla, bla, bla, para llegar a ella. Entonces se casaban, iban a vivir juntos al castillo y colorín, colorado…

Pero en el mundo real, la era de la globalización y la sociedad de la información, las cosas son distintas. Muchas de las princesas que conozco, yo misma, hemos ido despertando de ciertos sueños que más parecen quimeras forjadas al calor de la adolescencia. Aunque sigo creyendo que somos princesas, creo que ahora nos parecemos más a Fiona y decididamente no esperamos que un príncipe nos "rescate".

Es así como en ese trajinar descubres que el camino amarillo de tus ilusiones es más complejo que un papel determinado o un rol por cumplir y la verdad no es fácil pues ¿qué es la felicidad: una meta o una vía?

Ahorita recuerdo que cuando estaba en la universidad me gustaban tres príncipes:

Uno lo conocía desde hacía mucho tiempo, ingeniero, apenas graduado pero ya con un futuro "brillante" pues había sido contratado por una compañía trasnacional. Según mis amigas era un gran partido, pero había un problema: a su lado yo no volaba.

Luego estaba otro que por su nombre de querubín yo sentía que flotaba; pero él no se fascinó conmigo, a decir verdad con ninguna mujer.

El tercero el que yo declaraba era mi "alma gemela", era el clásico antihéroe: cabello largo, intelectual, intenso, algo atormentado, todos elementos importantísimos para que se cocine el mejor melodrama. En efecto: fue capaz de construir con palabras un mundo posible que destruyó a base de misterios, inseguridades e indecisiones, en la búsqueda de la trascendencia.

Así las cosas no me quedé con ninguno de los tres.

Era una época en la que me alimentaba de ilusiones y sueños. Estaba muerta de miedo pues la Universidad estaba a punto de expulsarme al mundo real y no tenía nada, ni siquiera el título de “licenciada” ya que debía realizar una tesis y pasar por un examen profesional para obtener el grado. Por supuesto tampoco tenía trabajo, no al menos de la carrera que había elegido. ¿Experiencia? Mínima, incluso de la vida…

Por eso algo debía hacer para decir que tenía "algo" que fuera mío y lo único que se me ocurrió -como supongo que les sucede a todas las mujeres- es que debía casarme y así tener algo de mi “propiedad”.

Que bueno que no lo hice. Es más, veo con tristeza que todas esas historias que a mi alrededor se fueron tramando, propias como ajenas, a veces estuvieron motivadas no por amor sino por miedo: a la soledad, a la crítica, al no poder olvidar a alguien más…

Y el miedo construye paredes.

Ahora que formo parte del selecto grupo de mujeres de más de treinta, puedo decir que creo en mí y en el amor: esa fina alquimia mezcla de ternura y deseo, en el que dos seres en libertad vuelan, se reconocen y deciden juntos remontar al sol y las estrellas.

Y deseo en mi caso y todas las mujeres de más de 30, no olviden a su princesa, la capacidad de soñar y por supuesto, reciban y den amor con gran intensidad.

Al you need is love.

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