Casi iniciaba el otoño cuando lo conocí.
Llegó con andar seguro pero con un leve retraimiento en la mirada, como no queriendo ser descubierto en la contemplación de mi persona, tal vez temiendo que si fijaba su mirada, lo que viera le gustara demasiado y volviera el vouyerismo su forma de comunicación conmigo.
El día en el que nos conocimos su auto desfallecía de sed y lo revivimos con una poco de agua que tomamos en la llave de un jardín. La situación era un tanto surrealista y parecía que todo saldría mal. En mi mente bailoteaban todas esas frases que las amigas te dicen sobre cómo debe ser el hombre del que te enamoras, trazado en su cuenta en el banco y los litros de gasolina por kilómetro que usa su auto. En el otro extremo entendía de lo que hablaban cuando dicen que existe una fina alquimia, mezcla de atracción, excitación, sonrojo y alegría que te indica que estás ante el hombre de tu vida, aunque se trate de un caballero de triste figura, paladín de molinos de viento…
Yo sentí rendirme ante el timbre grave de su voz, su barba y bigote cerrada, tupida como madre selva, sus ojos cristalinos, el aletear de sus largas pestañas que parecían que en cualquier momento remontarían el vuelo, su olor a tabaco y su aire protector.
-¡Que diablos!, me dije, que la vida está sucediendo y no voy a perdérmela.
Esa noche fuimos a caminar en medio de la nada; compramos un café, nos refugiamos en un kiosco y hablamos toda la noche. Me explicó que la luna más brillante del año es la de octubre porque es cuando más se acerca a la tierra; comentó que las iglesias tienen bóvedas para dar mayor relevancia simbólica al edificio y detalló que la noche más larga es la última del décimo mes de año, por eso la dedicamos a los muertos…
Al despedirnos, me dio un abrazo y sólo añadió “hasta luego”; así nada más, sin grandielocuencias ni ceremonias; no supe si lo volvería a ver, si me llamaría, solamente se fue, dejando en el aire el humo de su cigarro que se disipó con la nada.
Llegó con andar seguro pero con un leve retraimiento en la mirada, como no queriendo ser descubierto en la contemplación de mi persona, tal vez temiendo que si fijaba su mirada, lo que viera le gustara demasiado y volviera el vouyerismo su forma de comunicación conmigo.
El día en el que nos conocimos su auto desfallecía de sed y lo revivimos con una poco de agua que tomamos en la llave de un jardín. La situación era un tanto surrealista y parecía que todo saldría mal. En mi mente bailoteaban todas esas frases que las amigas te dicen sobre cómo debe ser el hombre del que te enamoras, trazado en su cuenta en el banco y los litros de gasolina por kilómetro que usa su auto. En el otro extremo entendía de lo que hablaban cuando dicen que existe una fina alquimia, mezcla de atracción, excitación, sonrojo y alegría que te indica que estás ante el hombre de tu vida, aunque se trate de un caballero de triste figura, paladín de molinos de viento…
Yo sentí rendirme ante el timbre grave de su voz, su barba y bigote cerrada, tupida como madre selva, sus ojos cristalinos, el aletear de sus largas pestañas que parecían que en cualquier momento remontarían el vuelo, su olor a tabaco y su aire protector.
-¡Que diablos!, me dije, que la vida está sucediendo y no voy a perdérmela.
Esa noche fuimos a caminar en medio de la nada; compramos un café, nos refugiamos en un kiosco y hablamos toda la noche. Me explicó que la luna más brillante del año es la de octubre porque es cuando más se acerca a la tierra; comentó que las iglesias tienen bóvedas para dar mayor relevancia simbólica al edificio y detalló que la noche más larga es la última del décimo mes de año, por eso la dedicamos a los muertos…
Al despedirnos, me dio un abrazo y sólo añadió “hasta luego”; así nada más, sin grandielocuencias ni ceremonias; no supe si lo volvería a ver, si me llamaría, solamente se fue, dejando en el aire el humo de su cigarro que se disipó con la nada.
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