martes, 19 de junio de 2007

El inclemente invierno

Recientemente rumbo a mi trabajo, en transporte público, al dirigirme al lugar donde me sentaría, una señora de unos 60 años seguía mis movimientos con mirada inquisitoria. No le presté mayor importancia. Me senté en la banca detrás y ella volteó a verme insistentemente. Seguí sin darle importancia pues no voy por la vida cosechando discordias.

Como en esos día me aquejaba una gripa, casi al minuto saqué un pañuelo desechable y tosí; entonces la señora me recriminó, yo no comenté nada. Ella volvió a la carga y me acusó de no tener consideración, de no cubrirme la boca. “Me la tapé señora” fue mi respuesta, pero no me escuchó y continuó con una retahíla que zanjé al pedirle que no me hiciera presa de su mal humor.

A los pocos segundos que me increpó subió otra mujer de mediana edad. La señora le dedicó nuevamente una de sus gélidas miradas. Como sucedió conmigo, la siguió con la vista hasta que se sentó -a mi lado. La nueva pasajera también se incomodó con el vistazo pero tampoco dijo nada.

Entonces empecé a creer que la señora algo le sucedía, era mucha casualidad que a dos mujeres jóvenes las recibiera con tales fanfarrias. La observé con atención: de escaso 1.50 metros de estatura, el pelo cano, descuidado, las arrugas se pronunciaban en medio de su frente y usaba de ese estilo de ropa como en capas, que vas quitando de acuerdo a lo que el clima dicte. Completaba su atuendo dos bolsas grandes que aferraba a su brazo y las acomodó en el asiento que por supuesto no cedió.

Durante todo el camino la señora buscó la confrontación: recriminó a un joven que llevaba una mochila, le pedía a la gente que se avanzara del espacio que consideraba le pertenecía y llegó al extremo de botar las manos de la gente que se tomaba del tubo que va sobre los asientos y que si vas de pie, es lo único que tiene para asirte.

Los sentimientos que me fueron provocando el comportamiento de la señora pasaron por varias etapas: primero me sorprendió, luego me molestó pero finalmente me dio mucha tristeza pues el largo camino me dio tiempo para pensar qué es lo que pudo haberle sucedido en la vida para que llevara tal amargura a cuestas.

Me planteé escenarios posibles: tal vez su esposo murió y ella se siente sola. Puede ser que sus hijos poco a poco la han ido olvidando y ya no llamarla o buscarla. A lo mejor ha habido tanta gente que abusó de ella -en el trabajo, sus relaciones intrapersonales, sus amigos…- que un día se dijo “ya no más”. Tale vez siempre ha estado sola, miserablemente sola, por lo que en el invierno de su vida está enojada con Dios.

Llegué a mi trabajo y con mis amigos empecé a bromear. Luego al salir me fui a un curso en el que hablé de los grandes temas del arte y la cultura. Al arribar a mi casa había comida caliente para merendar. Al siguiente fin de semana me reuní con alguien especial que me llevó a cenar y a bailar…
La verdad es que me olvidé de la señora. Pero ayer en la tarde me pareció verla en la mirada de un señor que revolvía un bote de basura buscando, supongo, algo para vender –latas, cartón, periódico…- para comprar el trago y el taco que le permitirá continuar con su mísera y solitaria vida…

Y entonces comprendí…

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